29 de abril de 2020
El futuro ya no es lo que era antes. Lo peor de la pandemia está aún por venir y afectará con especial dureza a las personas más vulnerables. Podría parecer inoportuno hablar de estrategias de mediano plazo en este contexto, pero -por el contrario- es nuestra obligación ética y racional, comenzar a imaginar el país renovado y sustentable que necesitaremos construir. Estamos ante una crisis sin precedentes; usando el concepto popularizado por Schumpeter estamos ante un caso extremo de destrucción creativa. Necesitaremos salir de una feroz recesión que traerá angustias y daños comparables con los del virus mismo y -en ese escenario- potenciar nuestra capacidad de innovar es nuestro deber y salvación. Hablamos de una cruzada creativa público-privada, que trascienda los círculos que se han ocupado hasta hoy de la innovación. Necesitamos una nueva estrategia nacional, más amplia y consensuada, que instale a la creación de valor como elemento central de un nuevo acuerdo social. Hablamos de un proyecto sistémico, capaz de trascender la mera creación de bienes y servicios, que apele y comprometa a nuestra población, sin distinción de edad, género, ubicación geográfica, profesión u oficio. Necesitaremos imaginación y coraje para idear y comprometernos en programas que nos devuelvan empleos y bienestar, pero también confianza y un sentido de pertenencia a nuestras instituciones, a nuestro entorno, a una nueva era. Hablamos de instalar la radical esperanza de que sí existe un futuro mejor para criar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. El progreso no es una fatalidad, sino el fruto de nuestra capacidad de concebirlo, consensuarlo y construirlo de manera colaborativa.
La tarea no es fácil y son muchos los espacios que habrá que fertilizar: Preparar profesores y reformar mallas para tratar la innovación desde la niñez y luego en todas las disciplinas de la educación media y superior. Desaprender credos empresariales y sindicales que ya no son sostenibles. Mejorar la capacidad de los medios para reportear la creación de valor. Promover el reentrenamiento de adultos. Potenciar el emprendimiento y la formalización del empleo. Acelerar el acceso a la transformación digital. Hacer de la innovación un elemento relevante de nuestras relaciones internacionales. El listado completo no cabe en este espacio.
Todos somos innovadores en potencia; aseguremos que hacerlo realidad sea un elemento central de la normalidad diferente que deberemos diseñar. Sería nuestro mejor homenaje a los caídos en esta pandemia.
Para ver la versión impresa, hacer click aquí.
Revisa la entrevista a Alfonso Gómez y otros expertos del ecosistema, publicada el 9 de mayo en El Mercurio, en la cual profundiza en las ideas principales de la columna. Puedes leerla aquí.